lunes, 17 de enero de 2022

Nia

Hoy Nía partió en un viaje solita. Nadie la acompañó al abordar el bus, pero sé que a la llegada la esperan muchos seres queridos. No quería subirse. Pero todos sabíamos que tarde o temprano tenía que emprender su viaje. Sólo hubo que darle un empujoncito, para que dejara esa duda agotadora.

Me da pena decir adiós. Y entonces me pregunto ¿Qué es lo que da pena de las despedidas? Primero, que a veces estamos convencidos de que no veremos a nuestro ser querido nunca más. O al menos, por un largo tiempo. ¿y qué significa no verlo? Básicamente no poder disfrutar de su afecto, de sus risas, de sus ocurrencias, en suma, de su existencia. Eso da pena, también el vacío que queda.

Y en el caso de que uno crea que no verá más a su ser querido, puede que se pregunte ¿le dije todo lo que tenía que decirle? ¿le pregunté todo lo que quería preguntarle? ¿lo traté siempre como me hubiera gustado? ¿me arrepiento de algo? ¿cometí algún error? Porque si la despedida es irreversible, significa que lo hecho ya hecho está, y no es posible cambiar nada más.

Pero también uno se puede preguntar, y es incómodo decirlo: ¿habrá sido una carga mi ser querido? Reconocerlo, no implica que ese apelativo ("carga") resume a ese ser completamente, ni tampoco a nuestra relación con él. Es sólo una parte del ser. Normalmente omitimos esta duda porque somos absolutistas, o porque queremos desesperadamente enfocarnos en lo "bueno" y escondernos de lo "malo". Todos los muertos son santos, dicen por ahí. Sabemos en nuestro fuero interno que hubo cosas buenas y malas, ojalá más buenas, y probablemente queremos centrarnos en lo positivo. Pensar en el que se va como un problema, agrega una cierta tristeza culposa. Pero lo cierto es que las despedidas pueden ser en parte liberación.

A veces lloramos también por lo que no fue. Por el potencial, por los sueños no realizados y las promesas no cumplidas. 

Nos entristecemos por contraste. Por lo vacío que es no estar, después de haber estado.

 Tal vez da pena porque la despedida no fue espontánea. Quizás yo la causé o la busqué.

O caen lágrimas de impotencia, por la injusticia, por la crueldad y por lo sorpresivo.

Y finalmente, entristece el efecto de la ausencia en los otros, en el mundo. Los sobrevivientes que lloran, por algunas de las razones ya descritas o por otras, engendran mayor tristeza en los demás. No es una crítica en lo absoluto; sé que mi dolor engendrará dolor en otros. Es una triste reciprocidad. Pero alguna vez alguien me dijo que el dolor era más soportable cuando sufrimos juntos. Quizás ello tiene sentido, y puede contrarrestar esa pena contagiada. Convertirla en algo más.

Nia se fue tranquilita y no la veré más. Al menos por un tiempo. Mientras el bus se alejaba a la distancia, con un nudo en la garganta le grité "Gracias Nia, gracias por todo".