jueves, 18 de marzo de 2010

Everyday's tie

Todas las mañanas - de lunes a viernes - el hombre de la corbata se ducha, se viste (con su ambo negro impecable, y su corbata), toma desayuno y camina al paradero más cercano.
Toma la micro, y se baja siempre en la misma esquina. Saluda al mismo conserje del edificio cada día (excepto los viernes, en que por alguna inexplicable razón, lo cambian) y sube por el ascensor.
La misma secretaria le regala una sonrisa atornillada (que a veces se desatornilla sin querer) antes de sentarse en su silla de todos los días.
Se toma un café, con la misma cantidad de cucharaditas que le echó ayer, se sienta frente a su computador, y navega por la misma página web que el día anterior.

Hace básicamente lo mismo que todos los días, exceptuando que todos los días las peleas y gritos son por una nueva razón, la cual sí cambia, pues cada día parece ser más tonta que el dia anterior. Entrega unos reportes a su jefe, que sin mirarlo, y llamándolo sólo por su apellido, le agradece mecánicamente y le pide que salga de su despacho.

A la misma hora de ayer sale a la calle, y toma la micro, que sí trae cambios: cada día pasa un minuto más tarde que el día anterior. Llega a su casa, saluda a sus hijos, a su esposa, come algo, ve televisión, se ríe de chistes baratos y repetidos en el "Morandé", y se va a dormir.

El hombre de la corbata siguió religiosamente ésta rutina durante unos 5 años, interrumpida sólamente por las vacaciones de rigor en algarrobo, donde por norma arrendaba siempre la misma cabaña frente al mar.
¿Antes de esos 5 años? Era básicamente lo mismo, pero trabajaba en el edificio del frente.

Pero un día, al despertar, el hombre de la corbata sintió algo extraño. Un impulso distinto, que lo llevó a levantarse de golpe y, sin saber por qué, corrió hasta la cocina.
Sacó del refrigerador una fuente con porotos fríos del día anterior, y se los comió con la mano. Besó en la boca a su mujer y acarició el pelo de sus hijos, dejando rastros de su desayuno en cada lugar que tocó.
-¡Hace mucho calor! - dijo, tomando su corbata y un abrigo peludo del armario de su esposa, y poniéndoselo salió de la casa así tal cual: despeinado, en pijamas, con abrigo de piel y corbata, dejando a su mujer e hijos con la boca abierta; cada boca más abierta que la anterior.

Al hombre de la corbata sobre el abrigo le costó subir a la micro; sus zapatillas de levantarse se le salieron un par de veces al saltar los escalones para subir.
Marcó su tarjeta BIP 3 veces (las 3 veces funcionó correctamente), y se instaló en un rincón, preso de las miradas de los demás pasajeros. Algunos lo miraban con miedo, como si temieran que los atacara o robara algo. Otros parecían divertidos por la aparición de tan pintoresco personaje en el transporte público. Un grupo pequeño tenía cara de lástima, por la condición mental de este pobre hombre. El resto se apresuraba a sacar monedas de sus carteras y mochilas. Había que darle dinero por... lo que sea que fuera hacer.
Dándose cuenta de aquello el hombre, con una sonrisa de oreja a oreja, comenzó a cantar:
-Uuuuun gorroooo de laaanaaa, teeee mandéaaa tejeeeeeer....

Se bajó de la micro 6 cuadras después de lo debido, para no dejar a su público a mitad de canción. Se guardó en los bolsillos de su bata de levantarse las decenas de monedas que tenía en las manos, y emprendió camino a su edificio, corriendo y saltando, sin siquiera darse cuenta que una de sus zapatillas se alejaba, en la pisadera de la micro, junto a las risas de los pasajeros.

-Buenos días señor...ah? - exclamó el conserje, subiendo la mirada asombrado.
El pato Donald lo miraba desde el otro lado de su escritorio. El hombre de la corbata se escondía tras una máscara que acababa de comprar afuera de su edificio, y riéndose comenzó a subir las escaleras, con el ruido de fondo de la risa del conserje.

No conocía estas escaleras. Siempre había usado el ascensor para llegar a su oficina en el segundo piso. Entró a su oficina haciéndose él mismo una fanfarria, con la cara rayada con un lápiz labial que encontró en el abrigo, y le dijo a la secretaria:
-¡Saludos, cara pálida! ¡Venir en son de paz!
La secretaria, que se estaba maquillando en ese instante, soltó una larga carcajada de verdadera alegría, que parecía ser la primera en mucho tiempo.
El hombre corrió a la sala de reuniones, y al abrir las puertas de par en par, quedó enfrentado a su jefe junto a la mesa directiva de la empresa. Diecisiete rostros se voltearon juntos hacia un hombre despeinado, en pijamas, con la corbata puesta sobre un abrigo de piel, la cara rayada como indio americano, y una sola zapatilla de levantarse. Ah, verdad, y con una máscara de pato Donald en la mano.

Antes de que se dijera cualquier cosa, el hombre se acercó a uno de los ejecutivos que tenía más cerca, le tocó el hombro, y le dijo:
-Tú la llevas.
Y acto seguido, corrió a esconderse tras una de las puertas que acababa de abrir, mostrando solo sus ojos y su estrafalario peinado.

Dieciseis de los rostros se voltearon nuevamente, esta vez hacia la figura que se encontraba al final de la mesa, de frente a la puerta.
-¡Qué significa ésto, Ramirez! - dijo finalmente el jefe.
-Significa que él nos persigue, y todos los demas escapamos.
-¡No se haga el idiota!
-Bueno jefe, significa que ya basta.
-¿Cómo?
-Sí - dijo el hombre saliendo lentamente de su escondite - Es que cuando yo era jóven, mi padre me dijo "basta de juegos, basta de perder el tiempo, y basta de estupideces. Es hora trabajar". Pues despues de 20 años, ahora yo digo que basta de trabajar, pues es hora de jugar, perder el tiempo y hacer estupideces.
El jefe lo miró con inescrutable expresión durante un par de segundos. Luego, bajando la mirada a sus papeles, dijo:
-Bien. Haga lo que quiera. Está despedido.

El hombre de la corbata hizo una reverencia, y salió de la sala imitando un tren, acompañado de su propio audio haciendo el "chiki chiki chiki chuuu chuuuu!".
Salió de la oficina al pasillo del edificio, cantando alegremente, ante la curiosa mirada de sus colegas, que espiaban la escena por sobre sus cubículos. Bajó las escaleras, y nunca más se le vió.

Se llevó a su familia, dejando su casa abandonada. Nadie más supo del hombre de la corbata. Algunos dicen que se unió a un circo. Otros, que se cambió de apellido y se compró una aerolínea. Pero la verdad es que hasta hoy es recordado en su oficina, sacando más de una carcajada a diario, incluso del jefe. Y su cubículo permaneció tal cual como él lo dejó. Nunca lo vaciaron, como esperando que un día volvería a trabajar.

A mi me gusta pensar que se volvió pescador ermitaño, o que se compró una parcela para cultivar vegetales en el sur.
Pero sea lo que sea que esté haciendo, una cosa es segura: debe ser el único de su especie usando una corbata sobre un abrigo de piel.

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