martes, 6 de abril de 2010

Desfase emocional

El cementerio es un lugar extraño. Obvio dirían algunos, pues no hay otros lugares donde estes consciente de que bajo tus pies está lleno de huesos de personas. Eso produce algo. No sé qué, tal vez sea diferente en cada persona. En mi, parece acentuarse esa ilusión de que el clima y el ambiente se relacionan con algún estado anímico sobrenatural, por llamarlo de algún modo.

El día que sepultamos a mi papá, por ejemplo, el cielo lloró.
El primer día que fuimos a verlo, era un día soleado y bastante cálido, como no se había visto desde hace algún tiempo. Hoy hacía un poco de frío. Era la fecha de su cumpleaños. El ruido de las máquinas que recogen hojas y cortan césped era movido por el aire, junto con el resonar a lo lejos del paso de los autos por la autopista.

A diferencia de mucha gente (y en común con otros, supongo), no siento una conexión con los fallecidos. No les hablo, no les rezo. No los saludo al llegar ni me despido al irme. Creo que si uno realmente entra a un estado de tranquilidad eterna al morir, necesariamente debe eliminarse la capacidad de escuchar las chácharas humanas. Sería penca morir, despues de toda una vida, y seguir escuchando las preocupaciones mundanas de otros.

Creo que esa posible conexión se rompió el primer día que lo fuimos a ver. Me senté en el pasto, y me autoconvencí de que él estaba ahí abajo, frío y quieto, por fin. Y me forcé a darme cuenta de que se había marcado un hito, un final inevitablemente.
¿Malo? ¿Bueno? No sé. Quizás ambas, por las más tipicas de las razones. Por un lado, el descanso eterno, el fin de sufrimiento (de ambas partes). Por el otro, el vacío, el punto final despues del cual sabes que no puedes preguntar, hablar, compartir.

Quedo con dudas, aunque no con pena. Y eso si se siente extraño.
¿Sería yo diferente si el jamás hubiera enfermado? Casi no tengo dudas.
¿Habríamos sido más felices? Es probable.
¿Qué relación habríamos tenido? ¿Qué mensajes habría guardado para cuando yo fuera más grande?  ¿Qué clase de persona era él? ¿Me habría aceptado como soy? De todas esas, no tengo ni la más mínima idea. Y nunca la tendré.


Me hubiera gustado haber vivido un duelo como la gente, no sólo con dudas, sino también con mucha tristeza. Eso me habría hecho sentir un poco más normal. Pero el duelo lo vivi hace aproximadamente diez años atrás, cuando se lo llevaron a una casa de reposo.

Ese desfase no parece correcto. Debe de tener repercusiones.
Por ejemplo, la mayor parte del tiempo no sé bien qué debería sentir.
¿Qué otras pifias habrán quedado impresas en mi?

Llore hoy, despida mañana.

1 comentario:

Tírate un rollo dijo...

Leí hace poco un libro de un escritor ruso llamado Mijaíl Bulgakov que se llama "Corazón de Perro", donde cuenta la historia de un perro "guacho" que es adoptado por un médico, en plena revolución rusa, y que es usado por este médico para hacer un experimento sobre el rejuvenecimiento biológico, para lo cual debe implantar la hipófisis de un tipo muerto en el cerebro del perro. Una vez que el médico implanta esta hipófisis, el perro se vuelve un tipo antipático, engreído, todos los defectos posibles de la raza humana se concentran en él, y se vuelve un crítico imbatible de la sociedad que vive en ese momento junto a él. No creo que tú hayas sido ese perro, manipulado para generar experimentos bizarros. Aunque quizás el tiempo manipuló los hechos que viviste con tu padre y los puso en lugares distintos, como si jugara a las escondidas. Ojalá puedas mirar hacia atrás, y volver un momento al origen de la historia. Siguiendo el ejemplo del cuento, volver antes que el perro fuera adoptado, cuando sólo era un vagabundo. Y quizás puedes descubrir que este perro vagabundo tuvo algo más antes de ser manipulado.